Extraña Cosecha

Extraña Cosecha es una antología parcial de mi obra, incluye 43 relatos de los libros Reloj de Arena, La Vida Menor y Laberinto Último. Decidí publicar esta antología parcial para hacer un recuento de mi obra. Hasta el momento, ningún narrador había publicado una antología personal en Honduras.
 
Algunas apreciaciones sobre “Extraña Cosecha”
 
Tiempo de Cosechar la Palabra

Porque hemos nacido muchas veces en la extensión infinita del día
¿Qué sabemos del hombre, nuestro espectro…?

Saint-John Perse.

 

Advertencia: la siguiente es una nota personal acerca de un libro personalísimo. Un libro que es la suma de tres libros, que a su vez representan no sólo la experiencia vivencial de un autor, sino de múltiples autores.
Un libro-suma-de-libros o un libro-de-libros. Un texto que para ser precisa negar a aquellas obras de las que parte, y sin las cuales no podría llegar a ser. Aquí parece residir el espíritu de toda antología: un lance de dados en que el autor y sus amigos-cómplices se juegan la suerte (maligno azar) de la obra de toda una vida. Si se es amigo del autor es aconsejable no participar de este ritual, con visos de desmembramiento, en el que un libro, ya publicado, se somete al juicio, no del todo objetivo, de un escritor que quiere salvar lo salvable y desechar no lo desechable sino lo que no parece encajar, sea porque le entran dudas, porque parece faltarle siempre algo o porque más bien le sobra; razones no faltan en el texto que faltará en el nuevo libro. Así, la antología se vuelve un punto de (des) encuentro de lo que, a juicio del autor, sobrevive de sus libros y de lo que parece estar condenado a no sobrevivir. La antología se compone, pues, tanto de las presencias como de las ausencias de una obra. Pesan, a mi juicio, los fragmentos que quedan y los que faltan; de éstos últimos, desaparecer es su forma de hacerse visibles.
Decíamos que se trata de la experiencia de múltiples autores por dos razones. Sea porque los compañeros de este viaje de Nery Alexis Gaitán son tantos y tan diversos: en una estación suben Borges y Bradbury, y sin que ellos desciendan, abordan repentinamente Aldiss y Sturgeon, a ellos se suman Papini y Asimov, contando con los poetas hondureños Barrera, Cárcamo, Rivas y Díaz Acosta. Pero Borges se resiste, al principio, a descender. Su presencia es aún visible en Reloj de Arena; los relatos In memoriam y La despedida, reflejan el encuentro con su universo y también el secreto acuerdo del adiós: Borgespejo.
Resulta odioso lo que parece ser un catálogo de nombres, una lamentable enumeración de palabras incapaces de decir lo que encierran. En cierta ocasión dije que desconfiaba de los nombres; pienso igual, aunque me sea imposible prescindir de ellos.
Una segunda -y extraña- razón: los tres libros, libres ya de sí mismos para ser lo que ahora son: esta antología, seguramente no fueron escritos por el mismo autor, aunque su nombre en la tapa haga sospechar lo contrario. Esto debe aclararse: los tres libros representan tres momentos diferentes en la vida de su autor. Esto no es verdad, sino fuera por el hecho de que los libros que ahora el lector tiene en sus manos son producto del dolor, y expresan, no sin cierto dejo de resentimiento, la manera en que Nery Gaitán volvió a la vida después de dos terribles accidentes. Ojalá y esto fuera sólo una metáfora.
Así surgió Reloj de Arena. Del dolor y la esperanza. De ahí que sus personajes estén en tránsito, en busca de, en camino hacia, sin llegar o sin el deseo de llegar. Se definen en el tránsito que es la vida, son esencia en movimiento, son el movimiento sin dejar de ser la espera. No es casual que, poco tiempo después, Laberinto Último se componga de dos estaciones, entretejidas por un intencionado azar de personajes en perpetuo irse, buscarse, transitarse. Pero, en ese momento en que parece tomar forma la búsqueda, se rompe el hechizo, la esperanza se evapora y sólo queda la sensación de haber sido: no llegar o no querer llegar es el sentimiento compartido por estos seres en constante partida. Como la anciana que, sin poder desprenderse de su silla de ruedas, en una soberbia evocación se aferra al retrato de quien fuera su joven amante.
Un recurso que posibilita la movilidad de los personajes es, sin duda, la visualidad, la imagen que transcurre frente a los ojos del lector. Pero esta imagen -lo mismo que los personajes- logra su definición, su forma, en la indefinida deformación del tránsito. La imagen hace moverse al personaje, arrastrando al lector. Lector en movimiento. Lectura desintegrada y reconstruida: forma deformada y reformada. En ciertos relatos -me refiero, sobre todo, a La Vida Menor- el lector es cogido in fraganti en la expectación del desenlace. El relato acaba antes de que nadie, ni siquiera el personaje, se haya dado cuenta. El punto final nos da de lleno en el rostro, desintegrando la emoción frente a nuestros ojos.
De esta manera, La Vida Menor se vuelve una especie de entreacto. La imagen visual se paraliza, y ya no predomina el recurso de la ciencia ficción. Los brevísimos relatos pretenden atrapar la vida urbana de los hombres menores. Se da una secuencia de imágenes sueltas que al final adquieren un sentido unitario. Es decir, las imágenes captadas al vuelo llegan a constituir un relato mayor, un relato acerca de un solo personaje que en el transcurso encarna en diferentes nombres, pero con rasgos compartidos. A esto se suma la objetividad en el tono del narrador que provoca un despiadado distanciamiento. Pienso en La Limosna: antes de hacer contacto con la mano del pequeño, la moneda recorre un precipicio de desamor e indiferencia, por esa razón “las caricias nunca llegaron”.
Mientras más breve es el relato, no sólo acaba más rápido, sino que es mayor la emoción que produce, ya que se prolonga en el lector. El punto final se vuelve una puerta de escape a un sitio sin escape: el vértigo de la lectura.
Vértigo estacionario, a veces, en el ritmo que sigue el lenguaje. En algunos momentos, el narrador se da licencia para la contemplación. La historia se reduce a un discurso reflexivo. El narrador se siente filósofo, como lo dice en cierta ocasión Rulfo. El personaje pierde la palabra y la acción se ve desactivada. La sustituyen la introspección y la descripción: la palabra adjetivada se toma su tiempo, llegando en ocasiones al tecnicismo preciosista, señalado ya por Segisfredo Infante. No puede decirse que se trata de un lenguaje caído en desuso; prueba de lo contrario es este libro. La palabra heredada se revitaliza al condensarse en el presente. Cambian la visión y la intención del hombre que nombra, porque él mismo ha cambiado. Sobrevive, asimismo, el riesgo que corre el narrador frente a lo que sus lectores esperan.
Hablo así, moviéndome entre el laberinto de los textos, saltando torpemente de un lugar a otro. Casi podría decirse que voy ligeramente. No es mi intención detenerme en cada texto: el movimiento me lo impide. Tampoco podría fragmentar mi visión en cada uno de los tres libros: su unidad no lo permite. Y es que esta extraña cosecha constituye la primera antología del relato corto que se publica en Honduras, y más aún, la primera antología de un solo autor. Esto no es hacer historia, aunque podríamos aventurar que se trata de esas ocasiones en que la ficción hace historia.
Extraña experiencia en la literatura hondureña es esta literatura. No solo porque participa del universo infinito y hasta necesariamente real de la ciencia ficción, sino porque sus personajes manifiestan el deseo de trascender la imposición tecnológica y revestirla de humanismo. Ciencia ficción que linda con el misticismo; despertar de conciencia, aunque, como en cierto relato, la obscuridad gane la partida y la nave se remonte hacia lo desconocido. En su contacto con el misticismo, la ficción se vuelve una experiencia humana, es decir, sólo experimentable por el hombre. Literatura que busca recobrar el humanismo, y que por eso mismo se vuelve inhumana, esto es, reflejo de ese ser que en La Creación es concebido como un mal proyecto.
En una era en que la tecnología se ha convertido en protagonista aun de las más ínfimas acciones del hombre, se hace necesario reincidir con Rimbaud en nuestra adhesión a una nueva vida construida por un nuevo hombre. La ficción es ficción, dice Nabokov; yo agregaría que cuando la ficción se transforma en ficción se vuelve real.
Entre lo que digo y lo que queda por decir, permanece esta Extraña Cosecha esperando ser recolectada en los campos inhóspitos del lenguaje.
Leonel Alvarado

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