El Reclamo de las Horas

Escribí el Reclamo de las Horas con la intención de presentar un libro de relatos que a la vez fuera un proyecto de novela por escribir, pero que dejara todas las huellas necesarias para concebirlo como una novela en sí. Están aquí los temas habituales. El Tiempo como personaje principal y su incidencia en el amor, desamor, la soledad, la vida toda. Reescribí este libro y lo publiqué nuevamente en la antología de mis cuentos completos, Pretextos para la Eternidad, en 1998. En 2009 publiqué la edición definitiva.
 
Algunas apreciaciones sobre “El Reclamo de las Horas”

Un Gaitán obsesionado por el tiempo y el amor
 
Palabras de Litza Quintana durante la presentación del libro “El Reclamo de las Horas”, de Nery Alexis Gaitán, el viernes 9 de junio de 1995, en el Salón de Cabildos de la Municipalidad del Distrito Central. 7 P.M.

Señor…
Señores…
Amigos todos:
Honrada por la distinción que me ha conferido mi amigo Nery Alexis Gaitán al solicitarme estas palabras, y no siendo versada en la crítica literaria, es en mi condición de simple lectora y admiradora del autor, que he escrito estas cuartillas intituladas: “Un Gaitán obsesionado por el tiempo y el amor”, que dicen lo siguiente:
El alma edifica aquello que se le ha enseñado a esperar. Y la esperanza se agiganta con las palpitaciones del pensamiento creador, cuando desmenuza los anhelos más profundos del corazón, los cuales son en realidad vaticinios, predicciones, heraldos y mensajeros quizás de una realidad futura. En el que medita viendo el mundo desde su propio interior, adviene un impulso de construir, de llegar serenamente a las realidades del hombre o de su vida dentro de otra existencia que es ilímite, porque elimina la materialidad para “ser” mentalmente en la verdad de su íntima realización.
Va el productor de auroras nuevas con actitud emocionada, siempre buscando alzar el comportamiento humano hacia un nivel superior, armado de esa fe que es capaz de auscultar lo que no ven los ojos del cuerpo. Fe y amor son motivos formidables para la creación, cuando se tiene la certidumbre de que hay, más allá de ellos, aguardando expectante, algo que es bello y cierto. La mente imaginativa lleva al pensador muy lejos; él se deja llevar porque sabe que su alucinación no existe por casualidad: la realidad está tras ella. Es como una voz que hubiera florecido y fructificado en toda su plenitud por el influjo de una acabadísima expresión; sin límites de tiempo, sin valladar de circunstancias; un hombre sin materia que se volvió vocablo, se delineó en el verbo, porque no se negó a escuchar el susurro de su germen de perfección. Con todo ello el escritor capta, define y da forma a todos los misterios que revelan la plasticidad del universo.
Estas ideas y muchas otras más sugiere a los lectores la intrincada y a la vez sencilla narrativa de Nery Alexis Gaitán en otra de sus obras singulares: “El Reclamo de las Horas”; una novela, dice él; un libro de cuentos, dicen sus editores; relatos psicológicos y de suspenso podrán opinar otros, o aquellos formalistas limitados por el “esquema impreciso de la forma”.
Lo cierto es que las 116 páginas de este libro nos conducen de la mano de Gaitán a la meta de un elevado concepto estético y filosófico. Gaitán despierta con su literatura y urdimbre metafísica, las fibras dormidas de ese mesianismo ancestral que está muy dentro de todos nosotros, pero que se oculta temeroso de nuestras inseguridades.
Oigamos lo que dice este autor al colocarse ante sus lectores: “Yo creo que la literatura debe ser expresión de la belleza a través del lenguaje; edificar lo bello será la motivación primera de todo escritor. Al convocar la belleza, inevitablemente deberá relatar sobre lo trascendente de la existencia, en mi caso particular, en complicidad con los fantasmas que gobiernan la narrativa…” Y después, desvelando su “yo” siempre buscado, previene: “Ahí encontrarás algunas de mis obsesiones: sobre todo el tiempo, que enlaza con su lazo de melancolía y recuerdos el cálido suspiro del amor. También hallarás la soledad y el temor: cadenas que nos impiden vivir a plenitud”.
El “Personaje” Tiempo
Pero, ¿qué es ese “tiempo” al que tanto invoca este autor? El filósofo indica que “el tiempo es flujo y en un solo sentido”. El presente, “frontera de la existencia” se impulsa hacia “adelante” generando tiempo; porque el tiempo no es un dato, un receptáculo o línea previamente trazada sobre la que nos movemos. Sin cosas, sin procesos, no hay tiempo. El tiempo es relación. “Orden de las incompatibilidades… de lo que no puede ser a la vez”, lo llamó genialmente Leibnitz. “El tiempo, por tanto, es el mismo flujo y devenir del mundo”.
Gaitán genera una serie de personajes “cautivos en las alas del tiempo” y, para preparar el ánimo del lector sobre este “protagonista” imperecedero, antes del Prólogo de la obra coloca los siguientes versos de Carlos Illescas: “El tiempo es el dibujo de las cosas/ mientras duran, se esfuman o perecen./ Un solo, vario pulso le merecen/ las pasiones, los elfos y las rosas”. En relatos como “La mansión de los recuerdos” hay casi una simbiosis del “objeto que marca la ruta de las horas” con el relator ubicado también en un “recodo del tiempo”, para el disfrute de un amor idealizado que personifica en una bella mujer de “eternos ojos verdes”, símbolo objetivo de la esperanza intemporal y, el liberarla de su cárcel de acechanzas, es el detonante generador de interrogantes sobre lo corpóreo que en el mundo mental deja de existir con su “carga de hastío y de tristeza”. Profetiza, talvez, sobre la sustantividad de las ideas, recuerdos, deseos o pasiones, que existen en forma inmutable, en otra dimensión desconocida.
Pero este viejo Cronos de las teogonías, es un ente sumamente peligroso. En otro relato, el Abuelo de los Días, el Creador, con su antigua sabiduría guarda en una caja secreta ese capataz ¾tratando de resguardar al hombre de sus apremios tiránicos¾ sin embargo, el ser humano, que anda siempre en busca de pretextos para esclavizarse, profana el escondite y deja que el tiempo profane a su vez el Paraíso, con la secuencia numeral de manecillas malévolas, que juegan con su destino, aprisionándolo, a la vez que dejándolo escapar.
Gaitán casi se conduele del masoquismo necio de cada hombre esclavo y nos dice que el tiempo no puede ni debe medirse. Es apenas una duración de fenómenos, algo que no es susceptible de detenerse ni con el ocio ni con la actividad…
Es, sobre todo, un lapso para encontrar caminos escondidos, esos lapsos breves que aprisionan los esplendores de una luz divina que protege al ser, para hacerlo meditar sobre los inminentes cambios que se avecinan. El tiempo viene a ser una transición que alerta la reflexión sobre las mutaciones del pensamiento en los distintos niveles cerebrales de la humanidad; cambios en las ataduras formales de la actitud simplista hacia la vida y lo vital; un encuentro con la armonía y la cooperación, un avanzar suavemente para descubrir que la humanidad existe sobre la tierra, una vez que las almas rescatadas de la greda son capaces de asimilar el bien y ubicarlo dentro de cada corazón.
Gaitán como escritor, como poeta de la prosa, como hombre que evoluciona permanentemente, hace meditar al lector en que el tiempo es un espacio para las fijaciones pero también para los cambios: filosóficos, conductuales, religiosos, especulativos o acaso de estabilidad en el mundo que nos toca vivir; cambios convertidos en parte de una limpieza ideológica y desafíos a enfrentar por cada ser viviente; momento ligado de modo causal e indisoluble con el ayer y con el mañana. La corriente del tiempo nos lleva en avance, creando un marco para el hoy y el porvenir; por ello el tiempo no se ha hecho para medirlo sino para utilizarlo. En síntesis, el tiempo es una energía proyectada en y a través de la mente universal, permitiendo vivificar e iluminar cada propósito para que sea uno solo con el cosmos. En parte, es de este “tiempo” que quizás nos habla Gaitán.
 
La intención novelesca
En “El Reclamo de las Horas” se plantea asimismo la posibilidad de un nuevo análisis literario para quienes deseen encontrar si esta obra es en verdad sólo una compilación de relatos o, si como propone el autor, es una novela; permítasenos evocar algunos conceptos sobre el género.
Tal parece que el paso de los años no ha ayudado mucho a resolver los problemas que conlleva el género narrativo. Uno de ellos, el de la unidad, que formulado a fines del siglo pasado por Maupassant, y quien se preguntaba si en este tipo de literatura caben las comparaciones, las “reglas” según las cuales una historia escrita deba llevar ese nombre, el origen o autor de tales cánones, tanto como sobre el imperativo en virtud del cual existen tales principios, autoridad y razonamientos.
Es obvio que la clara delimitación del género resulta en la época actual más que problemático, ya que la cautela evitará mencionar esas normas de que habla Maupassant. Andrés Amorós especula que son muchos los que se han acogido a la sencilla declaración de Camilo José Cela, y según la cual, es “novela” todo libro que así lo haga constar en sus comienzos.
Por otro lado, Vargas Llosa -fuera de los problemas ideológicos en que abunda- expresa que la novela está incorporando constantemente a su corriente, nuevos ámbitos y perspectivas; mientras Michel Butor indica que “la novela es una forma particular del relato; que es un fenómeno que rebasa considerablemente el terreno de la literatura y que es uno de los elementos esenciales de nuestra aprehensión de la realidad”.
Actualmente a la novela se le han ligado innumerables elementos que se mezclan con los subjetivos, líricos y dramáticos, habiéndose convertido en un género mixto; la narración ha adquirido una personalidad diferente, un acento particular profundo y personalísimo. Sobre todo ha absorbido gran cantidad de ingredientes psicológicos, además de resumir caracteres subjetivos y objetivos de la vida, mezclados con fundamentos conscientes y subconscientes. André Maurois dice que la novela debe contener “emociones verdaderas, personajes inteligibles y un destino a la medida del hombre” y Oscar Wilde cavila sobre quienes viven “el poema o novela que no pudieron escribir, mientras otros escriben lo que no pudieron vivir”. Y como el vocablo “novela” quiere decir “novedad”, Irisarri ve en las novelas “cosas nuevas”. El maestro Ortega y Gasset manifiesta que novelar es hallar “nuevos temas”, agregando que las más profundas emociones que reserva el porvenir provendrán de la novela.
El preceptista americano Luis Alberto Sánchez enaltece el espíritu imaginativo y creador que separa la novela de lo lírico y lo histórico; no maneja, dice, elementos objetivos y aún cuando requiera de la cooperación de la ciencia, no es en verdad ciencia porque abunda en elementos fantásticos. Que cada lector, pues, analice si “El Reclamo de las Horas” posee el argumento, variedad de episodios y personajes, unidad conceptual, el desdoblamiento del autor en cada uno de sus personajes y la correspondiente intensidad del esfuerzo introspectivo.
Opinamos que lo más importante en Gaitán es que maneja con maestría varios elementos de la novelística de “la literatura nueva”: los temas manifiestan la vida y siguen un ritmo eficaz; esquematiza con apremio; combina en ocasiones una faz consciente con otra oscura volviéndola suprarrealista; integra como en un rito la vigilia con el sueño, la consciencia con la subconsciencia, lo objetivo con lo subjetivo.
Digamos que Gaitán se sale de los límites tradicionales al crear su libro, ya que al terminar su lectura uno no es el mismo que comenzó a glosarla; a veces el relato se independiza del autor para viajar con otros seres; en unos capítulos predomina la imaginación y en otros la propia sutileza de la forma puramente narrativa, para oscilar entre realismo y ensueño, entre mundo y evasión, entre testimonio vital y biografía íntima. De hecho este autor descubre nuevas realidades psicológicas y multiplica puntos de vista que lo colocan en el estrado de una gran riqueza intelectual; y se está de acuerdo con Cesare Pavese en que “sólo logra realizar una obra quien es superior a ella”.
 
Un mensaje de amor
El amor tiene en el hombre el carácter de lo divino; afina al ser que lo produce y es promesa de vida verdadera. Pero oigamos a Gaitán cuando adelanta: “Finalmente encontrarás una dosis de amor, envuelto en el ropaje de lo cursi”… y agrega que lo cursi es talvez una manifestación del deseo ferviente de amar, “una forma fácil de expresar la intimidad amorosa del alma”, concluyendo: “reivindiquemos lo cursi, la ternura, la verdad y el amor, que es lo único que realmente importa en estos breves días, en este inmensamente corto paseo que es la vida”.
Y nosotros no creemos que haya en el amor de sus intérpretes algo trivial. Después de leer relatos como el Quinto (V) se piensa que el amor, sin adjetivos que lo limiten, es y será como aquel que define el Maestro de Orfalis: reclamo perenne, prosperidad, corona y crucifixión, crecimiento y poda. El amor que con tanta exquisitez vibra en los personajes de Gaitán, hace conocer los secretos de la vida; es placer y temor, a la vez que es dolor, ése de la “inenarrable y excesiva ternura”. Los protagonistas de “El Reclamo de las Horas” hacen creer que el alma y el amor son los que miden las distancias del universo; que es sinónimo de fusión para recorrer ese largo camino cuyo logro es la propia unidad: el llegar a ser de verdad “uno mismo”. Su “Hora sin tiempo” es un capítulo breve y sorprendente sobre el amor creativo que desarrolla el espíritu con máxima plenitud; como fuente de experiencias interiores y de autorrealización, de crecimiento aún en la crisis y desesperanza; allí el amor es deseo de crear un manto protector frente a la potencialidad destructiva del progreso, o quizás un anhelo de recuperar el equilibrio roto y volver al paraíso perdido.
Gaitán usa la ciencia ficción -de la que hace gala en “Laberinto Ultimo”- para expresar el amor universal. En el “Libro Segundo” de “El Reclamo de las Horas”, en monólogo al estilo de la “novela rosa”, prologa bella y simplemente: “¿será posible nuestro encuentro de amor?… Espero que sí, la vida no puede ser tan cruel, siempre concede un espacio ¾por pequeño que sea¾ para la dicha; así como las estrellas, que brillan para alumbrar la noche, o como mi nave, que siempre viaja para descubrir nuevos mundos, para explorar nuevas formas de convivencia”. Para luego volcarse en un paseo por otros mundos en “Viaje a la alegría”. Aquí la nave espacial es más bien un receptáculo de sentimientos como la ternura, el afecto, la devoción entrañable, la dicha, y más que todo, el deseo de arribar a un mundo diferente al que vivimos, uno donde la vida sea edificada de nuevo y donde pueda abandonarse la tristeza y hostilidad “para construir una vivencia de fraternidad”. Aquí los alienígenas son más que todo promesas de redención para el ser humano, en estadios vitales “donde la felicidad era el pan de cada día”, con estados de gracia, amaneceres en lo profundo y trascendente, lejos del odio, la tristeza, la desolación, los laberintos de aparente pasión, y la amargura. Hay una invitación a vivir con “el pasto, el riachuelo que fluye, el sol”, la libertad íntima, los deleites de una nueva existencia, las delicias de la juventud y la “flor del instante” que es amor rescatado del abandono.
En total, Gaitán incita a vivir como peregrinos del reino dorado a todos los que siguiendo la voz del profeta pueden transitar por “caminos anchos de un mundo que viene, senderos grandes y brillantes que producen frutos cuya vida es eterna”. Es una tierra que recorremos en sueños y un lugar poblado de partículas subatómicas, gobernado por leyes aparentemente arbitrarias, pero que emerge desde el fondo marino de nuestra conciencia. Es nuestra Atlántida olvidada, una mera cuestión de espacio y tiempo y un fenómeno de desplazamiento.
No es posible cerrar este acápite sin hacer referencia a las “constantes literarias e influencias narrativas” de Gaitán. Creemos que quien las ha analizado ya con verdadera propiedad es el escritor y poeta Segisfredo Infante, cuando dice así en el prólogo de “Laberinto Último”: “Sus influencias directas e indirectas más destacadas podrían resumirse en los nombres de Enrique Jardiel Poncela, Jorge Luis Borges, Rubén Darío, Ray Bradbury, Brian Aldiss, Theodore Sturgeon y en los nombres de algunos de los clásicos de literatura infantil. Adora por otra parte el programa de episodios televisivos “Viaje a las estrellas”. Su constante escritural, a mi juicio, la constituye el antitético binomio de amor y desamor, que discurre por los cauces de un lenguaje técnico?preciosista que es uno de los más nobles aportes de Gaitán a la literatura hondureña. Su arquetipo subliminal adquiere corporeidad en una mítica mujer con ojos de permanente esmeralda. Su pasión, en definitiva, es el amor por la literatura”.
Biografía mínima de Gaitán
Nery Alexis Gaitán nació en Danlí en 1961. Ha publicado los libros: “Reloj de Arena” (1989); “La Vida Menor” (1990); “Laberinto Ultimo” (1992); una antología de su obra narrativa bajo el título “Extraña Cosecha” (1993); hoy nos ofrece “El Reclamo de las Horas” (1995), con sello de la Editorial Universitaria, enigmática portada del pintor nacional Rolando López Tróchez, y emotiva dedicatoria a José María, su bondadoso Padre y a José Manuel Rosales, por su invaluable amistad. Son títulos de este trabajo: Prólogo; “La mansión de los recuerdos”; numerales romanos del I al XII; y “Hora sin tiempo” para lo que constituye el Primer Libro, “Cautivos en las alas del tiempo”. El Libro Segundo “La ilusión como si fuese un tormento” comienza con Prólogo; “Primera”; “Farewell”; “El margen de la duda”; “Ha de volver el amor”; “Viaje a la alegría”; “Si la traición nos separa”; “Encuentro”; “Ternura que hace vivir”; “Alivio”; “El regalo de la gitana”; “Como si fuera la madre”; “Desdicha del querer”; “Ultima”; “Hora final”.
El autor obtuvo en 1991 el Premio de Narrativa “Ramón Amaya Amador” de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras y el Premio Centroamericano de Cuento “Froylán Turcios” (también en 1991) del Ministerio de Cultura de Honduras. Ha efectuado estudios especializados de Literatura en México, después de obtener su grado de Licenciado en Letras de La UNAH. Comenzó a escribir a los 18 años, dice que con el objeto de “hablar de lo que para él es importante: dar salida a una necesidad, relatar sobre lo que atañe con profundidad al ser humano cuando va al encuentro de la vida: el amor, la ternura, el humanismo, la vejez, el hombre y sus anhelos y ansia de vivir eternamente”.
 
Y para finalizar, ¿qué es en realidad un libro?
¡Qué difícil es definir un libro!, porque como todo lo vivo el libro es indefinible. Digamos que es un bello tratado de la vida misma; que es amor, creación, diálogo, monólogo y respuesta, es: un viaje por la búsqueda eterna.
El libro se convierte en algo que en un momento dado se independiza de su autor y, como ente autónomo, se rebasa a sí mismo; sus variaciones llegan hasta el infinito, son a la vez cortas como la esencia y absolutas como el tiempo que rige la vida individual y colectiva de los hombres. Su nombre “biblos” en griego; “liber” en latín; “livre” en francés; “book” en inglés; “buch” en alemán; “kniga” en ruso; o “king” en chino, significa poseer el hilo de Ariadna en el momento de hablar a toda la humanidad.
La trilogía autor?editor?lector conforman una divinidad que revela el final de la oscuridad, el advenimiento de la cultura y la señal de que el pacto, la alianza, permite la iniciación de las preguntas que disipan dudas. El libro erigido en divinidad proporciona la gracia del nacimiento de muchos horizontes. “Señor del Horizonte” llamaron los egipcios a su dios en la hora más clara de su historia.
No quiero poner punto final a esta intervención sin antes compartir con el auditorio una conversación que tuve con Nery Alexis Gaitán en la que me sugirió escribir un cuento sobre la que considero será la próxima mutación del libro. Y como no poseo su imaginación tan creadora, dejo con él y con ustedes, para ser completado, lo que podría volverse tema para un relato:
La enorme pantalla del “marco principal” en la red CPU?Intergaláctica del planeta, estalló en miles de pedazos, cuando el sabio Gnothi Seauton preguntaba a la máquina cuál sería la última mutación del libro. Después de los aterradores truenos cósmicos quedó en la Nada un grueso silencio que envolvió a todo el universo. Gnothi Seauton se sumió en profunda meditación: “El hombre casi no tiene historia -pensó-. Muy pocos han sido capaces de dejar constancia de su maravillosa vibración viviente. Las creaciones excelsas que grabaron en la greda, piedra, pergamino, papiro o papel han sido destruidas por el odio y las guerras. El libro ha muerto”. De pronto, millones de quintillones de luminosas partículas pensantes salieron de las galaxias y comenzaron a dibujar el más hermoso rostro de la Vida que jamás se diera. Y al leer las expresiones de aquel rostro, todos los seres humanos metieron en sus celdillas cerebrales, la sabiduría suprema… Y fueron capaces de conocer las radiosidades del arte, la filosofía, la poesía y la ciencia; y fueron capaces de leer en su alma y en la naturaleza, la majestuosidad de la creación y la radiosidad del bien que habita en su propio espíritu.
Convertido en libro, Dios acudía una vez más para redimir al hombre.
Amigos todos, gracias por haberme escuchado.
 
Bibliografía
1. El Reclamo de las Horas, Nery Alexis Gaitán, 1995.
2. Extraña Cosecha, Nery Alexis Gaitán, 1993.
3. Laberinto Ultimo, Nery Alexis Gaitán, 1992.
4. La Vida Menor, Nery Alexis Gaitán, 1990.
5. El mundo referencial de Alexis Gaitán, Segisfredo Infante. Comentario publicado en el boletín literario “18 Conejo”, No. 47, Año 5, mes de mayo.
6. Nery Alexis Gaitán y el cuento hondureño. Comentario de Joaquín?Armando Chacón en la Revista Mexicana “Siempre”, No. 2049, 3 de Dic. de 1992. Reproducido en Diario La Tribuna, Teguc., 13 de Feb. 1993.
7. Breve Tratado de Literatura General, Luis Alberto Sánchez, 18a. edic.
8. Introducción a la Novela Contemporánea. Luis Amorós, 1981.
9. Preceptiva Literaria, Enrique Muñoz Meany, 1954.
10. La Aventura del Conocimiento, Augusto Serrano López, 1995.
11. El Silencio Creador, Krishnamurti, 1951.
12. En Vos Confío, revisión de Sri Ramatherio, Biblioteca Rosacruz, Vol. 5. 1953.
13. Entre Lágrimas y Risas, Lin Yutang, 1954.
14. El Profeta, Gibrán Jalil Gibrán, 1972.
15. El Hombre y lo Divino, María Zambrano, 1955.
16. El Diamante, Lecciones para Iniciados, G. H. B., 1995.
17. Vida Impersonal, Instituto Mundial de la Vida Impersonal, 1973.
18. La Revolución del Libro, Robert Scarpit, 1965.
19. Isis sin Velo, Helena Petrovna Blavatsky, Caps. II y VI Tomo I. 1988.
20. El arte de narrar, Roberto Castillo. Diario Tiempo, Teguc. 30 de marzo de 1991.
21. ¿Qué es un libro?, Cristina Martin. ALA, Mérida, México. Diario Tiempo, Teguc. 16 de mayo de 1992.
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Siguiendo con su empresa y su empeño para aprehender lo inasible dominando los límites de la humana vivencia, Nery Alexis Gaitán nos brinda una serie de relatos enlazados por el motivo altamente simbólico de un reloj antiguo, a veces sustituido, en el Libro II, por el moderno cristal de cuarzo. Estos son los instrumentos de una exploración de los andares del tiempo, en fragmentos estallados como pueden ser los recuerdos en la memora personal, o los jirones de la memoria colectiva que llamamos historia.
El relato, despojado de artificios retóricos, se desarrolla con la sencillez escueta de las evidencias, como el parte distanciado bajo la pluma del reportero. De hecho, el escritor-demiurgo aparece al final, en una última “puesta en abismo”, introduciendo la duda a la vez que subraya la veracidad de los relatos: “Con felonía, el indigno visitante le arrebató sus sueños. Sintiéndose feliz, el malhechor partió hacia su tiempo. Ya en su hogar, fue desenvolviendo el tesoro que no le pertenecía y escribió con él un libro de historias imprecisas…”
El tiempo es el autor principal de estos textos; los personajes humanos son deliberadamente anónimos, situados fuera de todo lugar y de toda época; más: la elección de un “yo narrador” ora femenino ora masculino le permite al autor traducir el carácter intercambiable y universal de la experiencia del tiempo.
En una atmósfera onírica, a partir del anacronismo sorprendente y desconcertante de un “reloj de la época romana”, que revela ser una máquina casi infernal de abolir el pasado, seres etéreos cuya única razón de vivir es compartir un amor exclusivo remontan un tiempo infinitamente repetido y restituido.
La obsesión mortal del fin de las horas humanas refuerza la urgencia del re-encuentro de los amantes según el ciclo de un eterno retorno, pero las trampas del tiempo no siempre restablecen la felicidad anhelada, sino que a veces proyectan al imprudente manipulador a un infierno de pruebas redivivas, o al desierto desolado de la soledad.
Sin embargo, al concluir con la evocación de “la felicidad que no tiene ayer, que no espera un mañana: a la inmensa beatitud del interminable momento presente”, el libro se cierra sobre una fe de vida, una advertencia tal vez epicúrea al lector: “No deseches el momento presente, hazlo eterno…”
Claire Pailler, Universidad de Toulouse, Francia.

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